Los hombres de Dios: la otra reserva moral y cultural de México

 

En medio del ruido provocado por la polémica por Hernán Cortés y la Conquista, escuchando una letanía de un lado y del otro, una cuestión me lleva a razonar una afirmación de la presidenta Sheinbaum en X sobre que "los pueblos originarios son la verdadera reserva de valores del México de ayer y de hoy". No presidenta, no son los únicos, en la formación moral y cultural de México también estuvieron los hombres de Dios: las órdenes religiosas.

Me veo en la necesidad de reflexionar en este artículo como acto de justicia frente al olvido producido por la política y su ingratitud, que da poco espacio a la historia, para traer a la mente sobre aquellos grandes personajes de la historia, aquellos hombres que dando su vida por su fe y sus convicciones, aquellos hombres de Iglesia que se encontraron entre dos mundos con la cabeza puesta en la evangelización, terminarían preservando lenguas, tradiciones, construyendo instituciones y manteniendo vigente el pasado indígena que podría haber pasado al olvido. Me refiero a las órdenes religiosas que llegaron como los franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, juaninos, carmelitas, mercedarios, benedictinos, hipólitos, etc. 

La primera tanda de aquellos primeros evangelizadores serían de la orden franciscana, “los franciscos”, como les llama cariñosamente Bernal Díaz del Castillo en su obra «Historia Verdadera la Nueva España», dejarán una huella indeleble en la conformación de México, impacto que supondría por la profunda reverencia con la que el propio Cortés los recibiría. La incursión franciscana tendría sus antecedentes con los tres primeros frailes que llegaban procedentes de Flandes con fray Pedro De Gante, fray Juan Tecto y fray Juan Aora en 1523.

Será al año siguiente, el 13 de mayo de 1524, que llegarán los "Doce franciscanos" (representación simbólica a semejanza de los doce apóstoles), que vendrían encabezados por fray Martín de Valencia y entre los que se encontraría fray Toribio de Benavente "Motolinía" que náhuatl significa "el pobrecito", término asignado por los indígenas por la imagen de pobreza que proyectaba.

A partir de ese momento dará inicio el proceso de evangelización, inigualable en la historia, pero también, el de la construcción de una nueva sociedad donde serán los frailes unos de los principales protagonistas en la formación cultural además de asumir la responsabilidad de ser el contrapeso moral ante las injusticias que se producirán por parte de algunos encomenderos y autoridades, donde estos hombres de Dios, de forma activa, defenderán a los "naturales" del maltrato e incluso, poniendo en riesgo su propia vida.

Gracias a su capacidad intelectual, su formación cultural, única en el contexto europeo de su época, su dominio de lenguas indígenas así como su sensibilidad social, llevarán a cabo una serie de aportaciones que enriquecerán a la cultura mestiza que se iría gestando ya que estudiaron, documentaron y preservaron el mundo indígena más allá de la catequesis, cliché favorito de la narrativa antihispana.

Cómo no reconocer su labor y contribución a mantener vivas las lenguas y culturas indígenas ya que sabemos que gracias a estos frailes, se generó un conocimiento exhaustivo del mundo prehispánico abarcando desde la religión, la historia, la medicina, la moral, la poesía, etc., evitando así pasar al olvido histórico y social. Cómo no reconocer su gran aportación a la formación intelectual de la época al crear los centros de estudio como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco donde se formó la elite indígena en materias propias de las humanidades. Cómo no reconocer su labor social e institucional al crear hospitales, escuelas, centros culturales, y sobre todo, la defensa de los derechos de la población nativa siendo emocionante ver cómo, a día de hoy, recuerdan con cariño al "Tata Quiroga" en Michoacán. Cómo no reconocer el mérito de liderar la primera universidad de México (Real y Pontificia Universidad de México), con el anhelo de ser un espejo respecto de la de Salamanca, buscando consolidarla como centro mundial de su época en la formación universitaria y de las más importantes de América, donde figuras de su claustro como Alonso de la Vera Cruz, ejercieron a través de argumentos teológicos y jurídicos, la defensa de los derechos indígenas.

Es de rigor intelectual y justicia histórica reconocer la deuda que tenemos con los hombres de Dios, por ello mi observación de entenderlos en el marco de la reserva moral y cultural de México. Desde luego distan mucho de ser personas perfectas pero en un mundo donde la violencia y la transformación se sucedían, lograron construir puentes donde quizá otros veían confrontación. Su legado arroja los elementos que configurarán a la nación mexicana, ignorarlos, no nos hace más indígenas ni más mexicanos, simplemente nos hace estar incompletos. 

Aquí dejo algunos de los nombre de aquellos hombres de Dios: Bernardino de Sahagún, Bartolomé de las Casas, Andrés de Olmos, Francisco de Tembleque, Francisco Ximénez, Toribio de Benavente "Motolinía", Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Alonso de la Veracruz, entre muchos más.

Imagen: "La llegada de los Doce Apostoles" o "Cortés frente a Martín de Valencia y los Doce", en el convento de Ntra. Sra. de la Inmaculada Concepción en Ozumba.








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