El Espíritu de Guadalajara

 


Revivir «El espíritu de Guadalajara» significa, hacer nuestro aquel espíritu que logró uno de los momentos más ambiciosos de la diplomacia mundial. Fue la construcción de un espacio donde la política, el diálogo y el respeto daban lugar a uno de los foros internacionales más importantes de la historia contemporánea. Aquel encuentro vio nacer a la comunidad iberoamericana heredera de un pasado común con un objetivo claro: la colaboración orientada al desarrollo integral de nuestras sociedades.

La Primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en México, en Guadalajara, capital del estado de Jalisco en julio de 1991, fue un acontecimiento que más allá de lo simbólico y protocolario, permitió la participación de los Jefes de Estado y Gobierno con una clara intención de articular el camino hacia un proyecto integrador donde el elemento central fuese la unión de todos los iberoamericanos, conocedores de su historia, una historia compleja marcada por procesos de expansión y transformación social único en la historia universal y que daría como resultado el nacimiento de las naciones iberoamericanas.

En aquellos tiempos el liderazgo era otro, era un estilo de ejercer la política exterior que priorizaba la cooperación y el diálogo respetuoso, la aceptación del otro como señalarían en la Declaración de la Cumbre sobre «una aproximación respetuosa a nuestras diferencias y en la voz múltiple de nuestras sociedades». El contraste es evidente. La voluntad política era visible y expresaba la intención de aquellos que tenían como consigna la unión. En 1990, el proyecto comenzó a gestarse bajo la iniciativa conjunta de México y España. Carlos Salinas de Gortari por parte de México y Felipe González y el Jefe del Estado español, el Rey Juan Carlos I, impulsaron la idea promoviendo la creación de un espacio común en el que los países iberoamericanos pudieran tener voz propia, estableciendo el marco para el debate razonado que diera como resultado la construcción de puntos de encuentro enfocados al fortalecimiento de los vínculos históricos, culturales, económicos, políticos y sociales para el beneficio de nuestras sociedades.

¿Qué quedó de aquello? Al parecer, escombros, materiales derribados por  liderazgos de corte populista, visiones cortoplacistas, fuera de toda responsabilidad institucional que han orillado a sus países a posiciones de confrontación y de polarización como es el caso paradójicamente de México, que pasó de liderar un proyecto prometedor y unificador hacia una lógica política que privilegia la narrativa tóxica, la manipulación de la historia con España y el conflicto sobre el entendimiento; precisamente el conflicto se ha demostrado como el elemento motor de hacer política exterior por parte de México. La diplomacia ha cedido terreno a la narrativa, a la retórica explosiva, a la alta temperatura ideológica y la cooperación ha sido desplazada por la confrontación.

Mientras escribo estas líneas, tanto en España como en México, siguen enfrascados medios, políticos y sociedad civil, sobre las palabras del Rey Felipe VI en la exposición de la “La Mujer en el México Indígena” en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. El monarca señalaba que los Reyes Católicos legislaron para la protección de los naturales de aquellos territorios sobre cualquier abuso por los castellanos y a pesar de todo, estos sucesos históricos se daban desobedeciendo las leyes que desarrollaban la protección indiana. 

Según se comenta en algunos medios, el Rey Felipe VI, está intentando calmar las aguas para que México pueda asistir a la próxima cumbre iberoamericana  que precisamente se llevará a cabo en Madrid. Su intención es loable pero enfrente tiene a políticos que en lugar del diálogo, la cooperación o la negociación, hacen suya la actitud sectaria.

Revivir “el Espíritu de Guadalajara” no implica idealizar el pasado ni tampoco juzgarlo bajo la lente del presentismo. Al contrario, debe significar el compromiso para recuperar la capacidad de articular proyectos comunes sin caer en simplificaciones ni en lecturas unilaterales. Debemos comprender que la verdadera fortaleza de la comunidad iberoamericana reside en su diversidad, pero también en su unidad bajo el mismo paraguas de la historia.

Este esfuerzo nos debe conducir al verdadero reto: evitar la tentación de reescribir la historia, evitando la tentación de interpretaciones maniqueas que nos impidan a los que somos iberoamericanos, tomar acciones para mejorar nuestras sociedades basadas en el derecho, la justicia y el desarrollo. Construir nuestro hogar, un hogar de todos, requiere del entendimiento mutuo y la certeza a tener un futuro compartido.



IMAGEN: EFE

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